Trump y Brexit: la reacción del Occidente poscolonial

Occidente – lo que quiera que signifique – entró hace tiempo en una crisis económica y moral. Ha quedado claro que no está siendo capaz de enfrentarse al orden global postcolonial en el que el color del pasaporte da paso al color de la cartera.

La riqueza de antes de la 2GM, nutrida de recursos coloniales y trabajo nativo, se privatizó al fin de la descolonización y ahora es disfrutada por el top 1%. La gran mayoría silenciosa, con un pie en su propia miseria y otro en la putativa grandeza imperial entregó sus esperanzas a los predicadores del Pasado de Oro.

Ambos el Brexit y el recientemente elegido Donald Trump son síntomas de agotamiento de la escuálida ‘democracia’ occidental golpeada por la recesión económica. ‘Retomar el control’ y ‘hacer América grande otra vez’ son los eslóganes de la resaca masiva del colonialismo que ha dejado un fuerte sentimiento de privilegio racial de la población blanca hinchiendo de nuevo el orgullo nacionalista hasta el límite del racismo.

 

Occidente Postcolonial

El colonialismo no fue tan solo un proceso de conquista y dominación. Sino que fue un sistema de relaciones de poder altamente sensible a transformaciones culturales que impactaba a ambas partes: el colonizado y el colonizador. El periodo histórico que comenzó con la descolonización – lo que quiera que signifique – no es diferente. El mundo contemporáneo es interdependiente y se caracteriza por su cultura híbrida y la fuerte disputa económica que substituyó a la administrativa.

Lo híbrido del mundo poscolonial se ha buscado en las discotecas de techno-house en Beirut o en las escuelas primarias de Hong Kong. Sin embargo, el poscolonialismo también forma parte del sustrato budista del movimiento por los derechos animalistas en la costa oeste de USA o las raíces negras del soul y el jazz. No solo por su sabor globalizante sino porque estas situaciones son profundamente políticas al desvelar estructuras hegemónicas de dominación que resaltan el carácter indefinido e impuro de las prácticas culturales.

Entender el poscolonialismo occidental no está limitado a admitir la existencia de curry en Londres y Yoga en California. Sino que tiene que preguntar por qué la ropa del Primark es tan barata y de dónde viene; o cuántas palabras en árabe puede cacarear la comunidad de ‘expatriados’ británicos en Dubai. El occidente poscolonial también es la campaña global del PACBI, la páginas que los periódicos le dedican la Zika o la epidemia de turno, la industria del desarrollo internacional y su lavado de imagen del colonialismo, o la incorporación de la Sharia en los Países Bajos.

Limitar nuestro marco analítico del poscolonialismo a las antiguas colonias no logra reconocer el impacto cultural, político y económico que la pérdida del imperio ha tenido sobre la metrópolis. De hecho, el poscolonialismo y la globalización son dos caras de la misma moneda. Descartar la idea del occidente poscolonial refuerza la segregación conceptual entre Oriente y Occidente reproduciendo la jerarquía por la que uno pertenece al otro pero no viceversa. Por lo tanto, para evitar la oposición de la ‘modernidad líquida occidental’ y la ‘modernidad del oriente occidentalizado’ tenemos que tener cuidado al ver dos tendencias.

La primera, en las décadas posteriores a la 2GM, la dominación militar y administrativa fue reemplazada por un nuevo sistema de dependencia económica: el neoliberalismo. La segunda, las políticas de identidad continúan inculcando y nutriendo ese sentimiento de líderes en sociedades que tienen ya poco que decir. El resultado combina la privatización de la riqueza heredada del colonialismo y la producida desde entonces con la obsesión de una sociedad empobrecida que aún cree que la riqueza de las compañías privadas está de alguna forma conectada al pueblo porque su dueño tiene el mismo pasaporte.

 

Brave neo-world

Después del empoderamiento brutal de brutales dictadores, y su caída, el sistema financiero y los flujos globales de capital han demostrado ser instrumentos de dominación más efectivos. El Consenso de Washington y sus instituciones acólitas ensalzaron la ortodoxia neo-liberal y apuntalaron un orden global neocolonial. Es decir privatizaron servicios públicos esenciales (como el agua, la electricidad, la sanidad, etc) dejando al estado desnudo y  merced de corporaciones multinacionales que le reemplazaron para ofrecer estos productos.

Pero las instituciones beneficiarias no eran los estados de donde estas multinacionales provenían, sino que sus  dueños son personalidades legales sin nombre que se originan en cualquier parte del mundo y residen en las Islas Caimán o las Seychelles. En este neo(liberal)colonialismo no hay reinversión en la metrópoli. Ya no hay Exposiciones Universales para entretener a las masas con curiosidades bárbaras, ni se les educa en la grandeza de un imperio cargado con la responsabilidad de la Ilustración. Ya no hay art-deco sino Vodafone Sol.

La combinación de neo-liberalismo y neo-colonialismo nos puede ayudar a entender la merma en el papel de los estados-nación en favor de las macro-corporaciones. Las clases políticas, corruptas u ofuscadas en mejorar sus números, abren la puerta a organizaciones económicas que ‘dinamizan’ la economía como un titiritero: al final del show nadie sabe dónde está la bolita y el mago es el que se lleva el dinero. El poco interés de los estados-nación en regular este tipo de estrategias permitió que el neoliberalismo socavara los derechos humanos y laborales en áreas del mundo donde estaban más o menos protegidos.

Resumiendo, la precariedad resultante de este orden postcolonial ha dejado a la clase trabajadora occidental en la estacada sirviéndolos en bandeja al populismo xenófobo que vocifera contra violadores, terroristas y bestias negras. El carnaval comienza cuando la gente se da cuenta de que los mismos líderes xenófobos son los dueños corporativos que deslocalizaron sus trabajos por lugares más rentables como Bangladesh, China o Panamá.

 

Brexit y Trump

Pese al creciente acantilado entre las élites y la gente corriente desde los años 80, las políticas de identidad – ya sea nacionalismo o sectarismo – todavía funcionan como la zanahoria y el palo a ambos lados de la línea colonial. La diferencia es que las clases trabajadoras occidentales se aferran a una nostalgia colonial que, pese a su miseria personal, les daba un margen de superioridad sobre los ‘incivilizados’. Hay toda una generación de occidentales blancos a los que se le prometió un mundo de privilegios cosechando los beneficios del vintage Imperio Británico, la ‘mission civilizatrice’ Europea, o la Pax Americana.

Este sentimiento de superioridad está tan profundamente tatuado en las sociedades occidentales que en momentos de recesión económica han votado a los peores matones conservadores naturalizando así el empeoramiento de su situación colectiva. Ignorantes del re-equilibro global de la economía, las sociedades occidentales debilitaron al estado-nación mientras promulgaban patriotismo. Aupados por el fracaso de los ajustes estructurales y otros técnicos de la pobreza, los forofos del nacionalismo llegaron con sus pancartas y banderitas contra el establishment  o los burócratas en general.

Por supuesto, la solución más sencilla para explicar la banca rota moral de occidente fue culpar a los inmigrantes, y aunque los cabeza de turco sufran las consecuencias, nadie se lo traga porque la crisis rampante está atravesada en la garganta. La migración es la materialización de la incapacidad occidental de conciliar su ser poscolonial. La presencia física de diversidad social ha sido paradójicamente conceptualizada como la personificación de su crisis y el ejemplo de su riqueza. En otras palabras: “tenemos que ser ricos porque vienen a robarnos.”

La migración ha sufrido ataques desde todos los sillones del espectro político. La jerarquía financiera hipocráticamente se lamenta de los extranjeros mientras se beneficia de los recortes salariales. La derecha ignora totalmente cómo funciona la cultura y se agarra psicóticamente a la inexistencia de valores “puros”. La izquierda – si se puede llamar así – se agacha frente a la retórica reaccionaria y se “lamenta” no poder “controlar” mejor la inmigración. Y la gente de a pie continúa soltando chascarrillos racistas de sutileza variable.

Nos guste o no, la migración está aquí para quedarse y, en mi opinión, debemos celebrarla. No hay, ni habrá, Trumps, Farages, Wilders o LePens que puedan pararla con su odio. De hecho, entender el mundo poscolonial, occidental o no, comienza por valorar los flujos migratorios sin sentirse obligado a separar quirúrgicamente la inmigración de la emigración. La creciente interdependencia global, materializada en flujos de personas, capitales e ideas continuará normalizando los asentamientos en la diáspora e intensificando la deterritorialización de la cultura.

La ‘solución’ contra el auge del reaccionarismo xenófobo en Occidente no es el ‘Bregret’ o el ‘Dump Trump’, sino la aceptación del mundo poscolonial que comienza por hacer las paces con el pasado y abandonar la nostalgia de la dominación mundial.

 

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