no “son las matemáticas, estúpido”, ¡es la autoridad!

Luis Garicano ha publicado hoy  en el país un artículo de opinión en que reflexiona sobre la educación en España y la necesidad de reformar su precaria situación más allá de las cuestiones partidistas de religión sí o religión no. Para ello, expone de forma anecdótica que el matemático y comentarista político Nate Silver fue más preciso y fidedigno que los comentaristas políticos profesionales porque se basaba en análisis matemáticos y no en instintos. Ciertamente su actuación fue notable, sin embargo, este joven es un graduado con honores de la universidad de Chicago y el mismo autor del texto es catedrático de la LSE. Es decir, estamos hablando de la élite científica global dentro de unas jerarquías de poder determinadas. El hecho de que Silver sea un matemático entre hordas de politólogos comentaristas y que, a simple vista, parezca que no esté cualificado no significa que no goce de prestigio. De hecho, Silver ya se había construido cierta fama con predicciones en el mundo del deporte con análisis estadísticos. Como apunta Garicano, ganó el “más bajo de la jerarquía” (no cualquiera) pero siempre dentro de la jerarquía.

La inclusión del inglés entre los tres elementos necesarios para la mejora de la educación encuentra una buena explicación en las geografías mentales de poder de una sociedad que continúa viéndose como el primo pobre de Occidente. Esto no significa que los estudiantes no deban aprender lenguas, todo lo contrario, deberían aprender más de tres. Pero no necesariamente inglés. Reforzar la imagen del inglés como única lengua global sólo disminuye la diversidad cultural global y mantiene Londres y Washington como centros de un imperio que perdió hace ya tiempo. Hay muchas otras lenguas globales, como el chino, el árabe, o incluso el francés, que permiten no sólo comunicación a un nivel cultural antropológico, sino negocios puros y duros en grandes regiones geográficas.

Por otra parte, para fundamentar su idea de que las matemáticas son necesarias para una buena educación, Garicano continúa si artículo con una visión futurista del futuro, redundancia intencionada, en el que la tecnología sustituirá el trabajo manual; en el que los “trabajos manuales bien pagados habrán desaparecido prácticamente, sustituidos por los robots”.  Primero, dudo mucho que los trabajos manuales hayan sido bien pagados en ningún momento de la historia; y, segundo, creo que es esencial definir el concepto de manualidad. Un ingeniero a mediados del XIX (o también llamado inventor loco) trabajaría mucho más manualmente que un ingeniero (llamado técnico en robótica) en el siglo XXI, y no por ello ambos, inventor y técnico, dejan de ser trabajadores conceptualizados como “no manuales”. Es decir, la “manualidad” de los trabajos es históricamente contextual y habrá siempre una distinción de clase que separe los trabajadores manuales de los trabajadores de cuello blanco.

Posiblemente esta visión de la robótica avanzada podría ser la imagen que una persona del siglo XVIII tuviera del presente, y no por ello decimos que hoy no haya trabajadores manuales. Es más, ahora estamos viendo justo lo contrario, la revalorización de los trabajos manuales. La manufactura artesanal, devaluada durante el siglo XX por la victoria del fordismo, vuelve a la economía global a través de conceptos como la autenticidad, el comercio justo, la producción local, etc. Ciertamente los artesanos son ahora considerados “medio artistas”, pero esto sólo tiene que ver con su rara existencia en un mundo de producción en masa que deshumaniza el producto, el productor, y el consumidor. El futuro seguirá teniendo trabajadores manuales, se llamen campesinos o técnicos del campo.

Pese a mis discrepancias con el autor sobre la visión del mundo, creo que éste tiene razón en parte de la esencia del artículo. La educación en España no está preparada para enseñar reflexividad y argumentación lógica. Ciertamente, las generalizaciones son siempre falsas y hay muchos departamentos que son punteros a nivel global y otros que están ya aplicando mejoras sustanciales. Pero su crítica brutal a la universidad en España encontró en mi experiencia vital varias anécdotas que me gustaría compartir.

Mi profesor A dictó los mismos apuntes durante tantos años que las fotocopias de éstos que yo recibí eran de documentos escritos en máquinas de escribir, ¿hace cuánto tiempo que nadie escribe con estas máquinas? Cuenta la leyenda que estos apuntes fueron originariamente hechos públicos por el profesor B ¡que fue estudiante del profesor A hace más de 20 años! Que la leyenda sea cierta no importa. Tampoco importa que sea verosímil. Lo que es realmente apabullante es que el profesor A leía las mismas páginas año tras año sin cambiar ni una coma.

Mi profesor C era terriblemente aterrador. Construyó su identidad hace años a través de bromas campechanas y broncas en los pasillos. Todos mis compañeros estaban amedrentados y entraban en clase como dóciles ovejas escribanas. Los días pasaban yel profesor C dictaba un folio detrás de otro, con prisas y sin pausas. Escuchar, analizar y entender no entraba dentro del plan. Los estudiantes a su vez no faltaban ni un día para no llamar la atención. Un día dejé de copiar los apuntes, alcé la cabeza, y sólo vi un mar de espaldas de estudiantes postrados en sus pupitres, copiado. Al fondo, el profesor, sentado en su mesa, leyendo y admirando su poder.

Estas dos anécdotas señalan diferentes aspectos de la educación en (algunas facultades de algunas universidades de) España. Por una parte la falta de renovación del profesorado y la gerontocracia reinante y reclacitrante es una lacra que reproduce el nepotismo y el estancamiento del conocimiento. Por otra parte la conceptualización de la universidad como una educación disciplinaria que no pretende avivar el pensamiento innovador, sino la continuación de la educación secundaria. Sin embargo, la responsabilidad no debe recaer solamente en el profesorado, sino que los alumnos debería plantar cara a un sistema que les hace perder tiempo, dinero y tiene un coste de oportunidad personal terrible. Ahora bien, que un alumnado faltamente educado en composición lógica y exposición crítica se alce contra el sistema educativo, que representa el culmen de la autoridad, es muy difícil. Aún más difícil si introducimos las variables de docilidad individual y disciplina jerárquica presentes en la cultura social.

Mi conclusión fundamental, es que las dificultades de la educación en España tienen que ver con los recursos que se invierten en el sector y con las reformas partidistas por su carga ideológica, pero sólo parcialmente. Para empezar a construir un sistema basado en la crítica analítica y la exposición lógica de argumentos se necesita destruir el modelo cultural de autoridad jerárquica que se reproduce desde las aulas hasta la familia. Analizar y criticar un argumento para proponer otro original y propio, significa cuestionar la autoridad del primer argumento y ponerse al mismo nivel que la fuente a la que se critica. Esto implica que por una parte los profesores renuncien a ejercer su poder jerárquico y, por otra, que los estudiantes se atrevan a discutir argumentos.

Es decir, para mejorar la crítica, la innovación y la originalidad, no sólo hace falta dinero sino poner en cuestión los fundamentos culturales de nuestra sociedad.

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